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jueves, 17 de abril de 2008

Carta de un periodista

Este viernes será mi último día de trabajo en el querido Zonal Morón/Ituzaingó. He tomado la decisión de renunciar al cargo de redactor que ejercía y, como es de rigor en estos casos, quiero despedirme de los amigos que gané durante mis siete años de permanencia en el diario y de los buenos compañeros con los que compartí muchas tardes entretenidas. Pero no quiero irme sin antes explicarles, a ustedes y también a quienes ocupan los cargos jerárquicos de esta empresa, los motivos de mi retiro.

A fines de marzo la revista Veintitrés me pidió una opinión sobre el rol que cumplen los medios periodísticos y algunos intelectuales en la elaboración del discurso político actual. Yo efectué una dura crítica a lo que se da en llamar el Grupo Clarín y acentué, particularmente, lo que a mi criterio había sido una clara manipulación informativa durante la cobertura del conflicto Gobierno vs. Campo, tanto por parte del diario como de Canal 13 y TN.

En este caso no hice más que expresar, libremente, la vergüenza que me provocó -como periodista pero también como simple ciudadano- el ejercicio "periodístico" del Planeta Clarín y sus satélites. La reacción por parte de la empresa, como es de suponer, fue inmediata. Y hasta la consideré razonable. Es más: a uno de los colegas aludidos, Julio Blanck, le dí explicaciones acerca de por qué yo lo incluía en una lista de hombres de prensa que -desde mi punto de vista- sostienen un discurso "progresista" pero le terminan haciendo el juego al llamado establishment.

Hasta ahí todo bien. Lo que siguió después es distinto. Las autoridades editoriales (en este momento no se me ocurre otro término) le comunicaron a mis jefes que "de ahora en más" dejara de escribir la página 3 del Zonal (que se supone es la más "importante") y que me limitara a hacer -es textual- "notas blandas". Una estupidez, realmente. Pero pocas horas después se emitió otra orden: que no se me autorizara a tomar la totalidad de días de vacaciones adeudados, que había pedido para esta semana. No dieron argumento alguno para justificar la negativa.

La verdad es que por ninguno de estos dos castigos tendría que haberme hecho mala sangre. Sin embargo, dije "basta" y tomé la decisión de no seguir adelante con mi trabajo en el Zonal, harto del doble discurso de este diario, de su hipocresía, de pontificar en sus editoriales y notas de opinión una cosa para después hacer otra. Es tanta la repugnancia que sentí por quienes posan como adalides de la libertad de expresión que me dije a mi mismo: "hasta aquí llegué".

Quiero decir: hace más de 20 años que ejerzo el oficio de periodista; conozco perfectamente los condicionamientos que nos ponen para atenuar o directamente diluir nuestra vocación de contar y decir las cosas como uno cree que son, aun a riesgo de equivocarse. En fin, en casi todos lados he comprobado (eso tan viejo pero siempre vigente) que una cosa es la libertad de prensa y otra la libertad de empresa. Pero lo que viví en Clarín en los últimos tiempos superó todo… Gracias a Dios, ¡todavía tengo vergüenza! Pero lo que ya no tengo es estómago para tragarme las cosas que hace este diario en nombre del periodismo.

A esta altura ya no puedo soportar tanto cinismo. Como cuando desde un título o una nota se insiste en que no decrece el nivel del trabajo en negro y las condiciones laborales son cada vez más precarias, siendo que en todas las redacciones del Grupo se emplea a pasantes a los que se los explota de manera desvergonzada, obligándolos a hacer tareas de redactor por la misma paga que recibe un cadete, sin obra social ni vacaciones. Es el mismo cinismo de despotricar contra la desocupación al tiempo que se lanzan a la calle nuevos productos sin contratar a trabajadores, duplicando y hasta triplicando el horario de los que ya están dentro de la maquinaria. Es el mismo cinismo de presionar a redactores para que se conviertan en editores, bajo la promesa (falsa) de que "algún día" se les reconocerá la diferencia salarial.

Si, como se sostiene el martes 15 en la cotidiana carta del editor al lector, "son los medios y los periodistas los que deben regularse y actuar con responsabilidad democrática", pues bien Sr. Kirschbaum, yo empiezo por esa tarea. Porque si Clarín tanto se rasga las vestiduras asegurando que respeta la libertad de expresión, ¿por qué sanciona a un periodista que vierte, ejercitando esa libertad de pensamiento, una opinión?

Tengo otras cosas para decirle a usted y a quienes lo secundan (si es que a esta altura todavía están leyendo…): la demonización que practica el diario a través de un "inocente" semáforo que cumple la misión de dividir al mundo en ángeles y demonios (según el interés ideológico o comercial del Grupo), ha llegado al nivel de un verdadero pasquín que nada tiene que envidiarle a las publicaciones partidarias. Es peor todavía, porque éstas tienen la honestidad de reconocerse como expresiones de un partido político o de un espacio ideológico. En cambio, Clarín se imprime bajo el infame rótulo de periodismo independiente…

En pos de engrosar la cuenta bancaria se ha perdido todo decoro. Da la sensación de que los que se llaman periodistas o columnistas ya ni sienten un mínimo de pudor por haberse convertido en contadores del negocio mediático, desvividos por saber cuánto dinero ingresa a las arcas; lo único que les falta es salir con el camión de Juncadella. Digo esto porque ha sido patética, en la misma carta del editor del martes 15, la reacción editorial contra otros medios periodísticos competidores que estarían atreviéndose a morder un pedazo del queso que el Grupo quiere deglutirse, como de costumbre, solito y solo, calificando a aquellos de miserables, travestidos y miembros de una jauría. ¡Después cuestionan a D'Elía o a Moyano por las palabras "ofensivas" que lanzan contra el periodismo independiente y democrático!

La mayoría de quienes me conocen saben de mi simpatía y hasta cierta militancia por el peronismo. Pero también saben que no me une ningún tipo de relación con el gobierno, ni con su tan temido Observatorio de Medios, ni con los jóvenes de la Cámpora ni tampoco con sus "grupos de choque". La aclaración vale para que estén tranquilos y no piensen que durante estos siete años fui un agente infiltrado en el Zonal Morón. Simplemente amo el trabajo periodístico, tengo pensamiento propio (aunque, qué le vamos a hacer…: no es el políticamente correcto) y un compromiso de honrar mi oficio.

A Ricardo Kirschbaum, a Ricardo Roa y a tantos otros que mandan les digo que estoy preparado para asumir lo que venga, porque no me extrañaría que las redacciones de otros medios empiecen a recibir llamados telefónicos pidiendo que se me prohíba trabajar de lo que soy. Tan libre me siento, tan espiritualmente íntegro de poderles decir lo que les digo (aunque les resbale), que ya no me importa si la larga mano del Grupo le pone candado a mi futuro para no dejarme otra opción que trabajar como remisero o repositor de supermercado.

Me voy orgulloso de haber seguido aprendiendo lo que es vocación, oficio, dignidad y ejercicio responsable del buen periodismo. Que me lo dieron los jefes de los zonales y un montón de amigos y compañeros a quienes no voy a nombrar para evitarles quedar marcados por mi cercanía afectiva. Me voy avergonzado de la conducta de quienes deberían honrar el trabajo periodístico y no lo hacen.

Claudio Díaz

jueves, 10 de abril de 2008

"Son una pistola en la cabeza de la democracia"

“Hay que desmonopolizar al Grupo Clarín; hay que acabar con la dictadura de Clarín.” (D'Elia)

“No hay monopolios en la República Argentina” (Silvestre y Bonelli)

“No hay ciudad en el mundo con tantas radios y canales de cable” (Silvestre)

“La Argentina está en manos de ustedes” (D'Elia)

“Son una pistola en la cabeza a la democracia” (D'Elia)

“La gente compra Clarín porque es un buen diario” (Bonelli)

“Se necesita una nueva ley de radiodifusión” (D'Elia)

“No vamos a permitir que se diga que este grupo, esta empresa, le pone una pistola en la cabeza a la democracia” (Silvestre)

“Fuimos agredidos en nuestra propia casa” (Bonelli)

Luis D'Elia conocerá en las próximas horas el verdadero rigor del grupo: su paso por A Dos Voces será recordado durante largo tiempo. Sobre todo por Bonelli y Silvestre, cuyos papelones la historia sabrá juzgar. El video muestra la última parte de la discusión de anoche. Quizá el de ayer haya sido el peor día del multimedios desde la detención de Ernestina. Habrá que seguir de cerca la pelea entre Clarín y el Gobierno.

(Por suerte esta vez nadie se metió con el genial Menchi Sabat)

jueves, 20 de marzo de 2008

Tapar el sol con la mano

En 1999, junto a David Bursztyn, entrevisté a Javier Castrilli. Fue casi de madrugada, en el café Road Point. A esas horas, él salía de hacer su columna en el noticiero de Canal 7. Recuerdo que hicimos varias guardias hasta que nos dio la entrevista. Hacía unos meses que Castrilli había abandonado el arbitraje puteando a diestra y siniestra. Y cuando charlamos aquella noche insistió en que al fútbol lo dominaba una mafia. Me pareció un tipo honesto, fiable; muy distinto a ese sheriff del que hablaban y al que uno vinculaba con la idea de mano dura. Castrilli había lanzado una denuncia muy fuerte por ese tiempo: “A los árbitros les recomiendan ver las camisetas antes de cobrar”. Y criticaba feo a Grondona y a Torneos y Competencias.

No sé qué le pasó a Castrilli en el medio como para terminar tan embarrado. Hace unos años iba a hacer una nota en Un Caño sobre ese tema; sobre qué le había pasado, por ejemplo, para aceptar una columna semanal en TyC Sports, algo que choca con su cargo. TyC Sports es propiedad del Grupo Clarín, acaso una de las empresas más interesadas en el negocio del fútbol. ¿Castrilli está en condiciones de tomar medidas que pudieran afectar los intereses de quien le paga un sueldo? Y aunque él dijera que sí, que nada le ata las manos, ¿no es de una total incompatibilidad que trabaje en un empresa que tiene negocios en el área que atiende en la función pública?


Y ahora no me extraña tanta coincidencia entre Castrilli y Clarín. Los dos, a su manera y en su lugar, intentan tapar el sol con la mano. Clarín y Olé ya sacaron de sus tapas los asesinatos de las barras y la batalla por la caja de La Doce. Ayer fue más importante la foto de Zidane junto al empresario uruguayo de medios, Enzo Francescoli. Es patético ver cómo el circo sigue funcionando. No importa si abajo hay una montaña de cadáveres; no importa nada. Y entonces los barras seguirán con su lógica: si los dirigentes, empresarios, técnicos, periodistas y futbolistas hacen sus negocios, por qué no lo vamos a hacer nosotros.